Corrí tras los rastros de un conejo que apenas había visto, pero ayer finalmente me metí en su agujero.
Caminé por el lugar y pude saludar a la gata de Cheshire que lideraba el evento, quien también habitaba el juego. Fui a escuchar a las flores presentar su pitch con muchas ganas de hablarles, aunque al final no les dije nada. Luego, la oruga me habló de computación cuántica y de sus infinitas posibilidades.
Al cierre, el Sombrerero Loco me explicó sobre blockchain. Logré entender —o eso creo— gracias a su metáfora del micelio; de cómo las monedas digitales pueden ser esos hongos que brotan en sectores específicos del bosque conectándolo todo por debajo.
Mordí pastelitos que me hacían sentir pequeñita o grande desde la perspectiva del conocimiento.
No hubo reinas de corazones que quisieran cortar cabezas (o quizás no las invitaron), y salí del agujero del conejo con más preguntas que respuestas.
Definitivamente, fue una tarde llena de maravillas.
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