I • San José me susurró al oído
La tarde del martes tenía un plan trazado. Me habían encaminado y me dejaban en el parque Bolívar, entre calle 20 y avenida 10, en el centro de San José. De allí, debía caminar hasta la calle 10 para avanzar sobre la Avenida Central y llegar a mi destino final: el Museo del Banco Central.
Pero la ciudad tiene sus propios planes.
La Avenida 6 susurró: “¿Me recuerdas?”.
Sobre esa avenida, justo antes de la calle 10, a media cuadra, me vi haciendo fila con mi mamá. Tendría yo quizás 6 o 7 años, diciéndole con esa impaciencia infantil lo aburrida que estaba. Ella me respondió con ese truco de madre: “Cuando cuentes hasta 100, el bus va a llegar”. Y bueno, me di a la tarea de contar, perdiéndome en los números. Justo al llegar al 100, el bus dobló la esquina y apareció. Sorprendente para mi mente de niña. Creo que ese recuerdo quedó grabado a fuego precisamente por la magia de esa sorpresa.
Caminé una avenida más: la Avenida 4. La miré hasta el infinito… y recordé tanto que, a la mitad de la cuadra hacia la Avenida 2, me devolví. Dije: “Vamos a recordarte”.
Me habría encantado tener en ese momento la narrativa de Rodolfo Arias en El emperador tertuliano y la legión de los superlimpios para acompañar mi recorrido; contar las mil cosas que registraba, olía, pero sobre todo, recordaba. Pude haber sido la guía turística de esa masa de gente que a hora pico caminaba por allí.
Pero, a decir verdad, la única que caminaba como turista era yo.
II • Ocho cuadras, chocolates y un noviecillo
Entre los miles de rostros de desconocidos, yo iba reconociendo mi propio trayecto hacia el Colegio Superior de Señoritas. Le tengo un cariño inmenso: fueron cinco años haciendo ese mismo camino desde la parada del bus.
Afloran miles de recuerdos, como el de caminar de la mano con mi primer noviecillo —ese que en mi casa no conocían—, que trabajaba en el mercado y caminaba con paciencia esas ocho cuadras solo para dejarme en el colegio. Luego se devolvía caminando las mismas ocho cuadras, porque él no estudiaba, trabajaba.
En ese entonces no era bulevar, así que era acera y calle.
Me gustaría detallar exactamente qué había en cada esquina, pero se lo dejo a la memoria. Lo que brota una vez más es el cariño. Ese noviecillo ya trascendió esta vida; recuerdo que me compraba un chocolate cada día en la misma esquina. Los negocios que estaban allí años antes de cambiar de siglo también trascendieron ya.
El mar de gente, los gritos del comercio informal y la marea de recuerdos me rodeaban. Yo iba atenta al bulto que cargaba en la espalda, en una especie de trance que solo rompieron las campanadas de la Catedral Metropolitana para recordarme que, en un ratito, debía doblar para llegar al museo.
Aun con toda esa caminata nostálgica, llegué 30 minutos antes a la inauguración de la nueva exhibición.
III • La amiga del Pacífico Sur
Minutos después de llegar, me ofrecieron ponerme un sello con un diseño precolombino en la piel. No dejaba marca visible a simple vista, pero me juraron que se vería bajo una luz especial después.
Tras las palabras protocolarias y la explicación sobre la apertura de la sala, bajamos al siguiente piso para ver los sellos precolombinos, la arcilla, las marcas y conectar con el pasado…
Y entonces, el vidrio susurro ¿La recuerdas?, como quien mira una cara conocida en medio de una fiesta llena de desconocidos, la vi de reojo. Había mucha gente alrededor de su vitrina, así que esperé pacientemente mi turno. Y sí… era ella.
Ahí estaba con su etiqueta: Figura femenina con cuerpo decorado, Pacífico Sur, 800 - 1550 d.C.
Fue exactamente como encontrarse con una amiga a la que no ves hace muuuucho tiempo: “Hola, amiga. Qué hermoso volverte a ver. Solo te había visto en libros... quiero agradecerte tanto”.
Para entender este reencuentro, tengo que irme denuevo atrás en el tiempo. ¿2006, tal vez? No recuerdo bien el año exacto. En ese entonces, yo no tenía acceso libre a la impresora de mi casa: la usaba el hombre del hogar; la tinta, la impresión y las hojas eran gestión exclusiva de dicho caballero y siempre se requería de un por favor, será que tenes tiempo, y cosas por el estilo.
Ocurrió entonces que salió un concurso para diseñar la carátula de un encendedor Zippo, organizado por la tienda D.L. Maduro. El premio era una impresora Xerox, una cosa gigante que usaba tóner. Yo me dije con determinación: “Me voy a ganar esa impresora para mí”.
En mi uso bueno del Photoshop, tomé el rostro de la figurita que me inspiro y que ademas pensé que mejor representaría a Costa Rica en un Zippo: la figura de esa mujer tatuada con sellos en el rostro, del Puerto y la cual había encontrado en los catálogos digitales disponibles en la web del Museo del Banco Central.
Días después, me gané el primer lugar (vale decir aquí que, por aquella época, yo leía con fervor el libro de El Secreto).
Disfruté tanto verla ahí en la vitrina y recordar las muchas veces que he dialogado con ella, con la persona artista que la moldeó hace siglos (aunque seguro no se consideraba "artista" en su época). Me pregunté quién habrá sido, si hubiera imaginado alguna vez que su creación viajaría en el tiempo y lo mucho que significaría para mí. Hoy estaba allí, frente a mí. y Además tuve la oportunidad de contarle esta historia a la curadora.
IV • El Zippo y ...
Al llegar a casa, la busque con emoción. Era lo más genial de la noche: venir a ver mi encendedor ganador tras haber visto a la musa en vivo, Pero pasa que… la caja del Zippo está vacía.
El encendedor no está. Pareciera que se escondió de mí en la última mudanza.
Quizá el encendedor aparezca. Quizá no. ( pero espero mucho que si) Pero esa noche entendí que nunca fui realmente a inaugurar una sala del museo.
Termino pensando que en mi tarde - noche fui a recoger pequeñas versiones de mí que San José había cuidado durante todos estos años.
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Buscando entre mis portafolios de trabajo viejísimos, encontré al menos la evidencia digital de aquel diseño. Y bueno, sigo buscando en los rincones de la casa. Quiero creer que solo se escondió por un rato y que pronto volverá a mí.



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