I
Mi retiro espiritual de julio de 2026 empieza cuando negocio una y otra vez conmigo misma para sacar el presupuesto, detenerlo todo y decir: tendré vacaciones.
"Vacaciones", una palabra que defiendo muchísimo en mis consultorías de desarrollo organizacional, pero que colocar sobre mi propia vida siempre ha sido complejo. Es que soy una autojefa algo complicada. Sin embargo, aun con dudas, decidí venir a Perú.
Visitar amigos por los que siento mucho cariño, llegar a Cusco y ver esas vistas maravillosas, y después moverme a Urubamba para encontrarme con lo que sería mi encuentro con Dios y conmigo misma en lo que llaman el Valle Sagrado.
El gran resumen de mi trabajo espiritual es... seguir procesando mi desapego (Buddha estaría feliz) y ser más amorosa conmigo misma. Algo que, al regresar a mi tierra, ya estoy practicando, pero me costó y me ha llevado tiempo. Este ha sido un año en donde creo que he respaldado mucho amor para mí, pero meditando me decía: "¿Aun más?... me moví de casa, saqué tiempo para mí... ¿Eso no es, ya, ego?". Pienso: ¿Quiénes “deberían” sentirse más amados no deben ser mis hijos? ¿Esos que están al otro lado del muro? ¿Esos que he dejado en casa...? Y bueno, me empiezo a dar duro.
Pero luego recapacito: si yo, el alma, soy una fuente inagotable de amor... eso significa más para mí (que no sé cómo) y más para ellos también.
Ser más amorosa conmigo( hoy práctique comprandome flores) podría ser trabajar en mi agenda una cosa a la vez, no tres; soltar cosas, o quizás sí, pero una a la vez... Bueno, es mi dilema de todos los días cuando veo mi lista de pendientes. Y este fue el trabajo de mi retiro. Algo que emerge, crece y me toca cristalizar; algo que practico prototipando, ¡jejeje!, todo con mis lentes de la Teoría U.
II
Mi amistad con Jenni empezó hace unos años atrás como colega de curso, luego compañeros de charla, saludos por WhatsApp... Luego la conocí de forma presencial en México, después vino a Costa Rica y luego yo estaba en Perú. Siempre hemos querido hacer proyectos juntas; hablamos el día de uno en particular que estamos entretejiendo, pero la montaña nos preparaba un examen de calma unas horas después…
La ruta recomendada (y la que teníamos intención de cumplir)
Tengo un colega en Lima, Eduardo, al que no alcancé a ver porque estaba de viaje, pero desde su mucho cariño me dio instrucciones muy estructuradas para viajar a Ollantaytambo y hacer un recorrido creado para mí (quiero pensar). Nunca le he dicho que repelo las masas, así que no fui a ver el Templo del Sol. Él me envió por WhatsApp esta ruta recomendada de un día:
- Mañana: Pinkuylluna + recorrido urbano antiguo.
- Mediodía: Almuerzo local.
- Tarde: Taller textil o visita comunitaria en Willoq/Patacancha.
- Cierre: Café o infusión en el pueblo y compra directa a productores/artesanos.
Así que salí con mi amiga, quien ha cuidado de mí desde antes de llegar a Perú y se volvió mi compañera de más que aventuras. Cerramos el tema del retiro después del mediodía. Al ser ella de Lima, la agenda de mi colega también se volvió exploración para ambas. Así que, mientras toda la gente caminaba hacia el Templo del Sol, nosotras nos animamos a subir al Pinkuylluna.
Vale decir aquí que lo primero complicado era decir el nombre, ¡jejeje!, y que la gente supiera a qué nos referíamos. Pasito a pasito, gradas artesanales para arriba: subir, descanso, vista, "mira esa plantita..."; subir, descanso, "mira eso...". La vista era impresionante, como todas las vistas que te regala Perú, no importa si lo ves de arriba, de abajo, de la costa, debajo de la montaña o en ella... Y en ese momento aún no sabíamos que caminábamos sobre el hombro del Dios Wiracocha, un dato que amé luego al enterarme. Después de ver las calcas, pues, bajamos.
De camino a Huilloc: Tejiendo con Hipólita
De nuevo en un busito, buscando dónde está Huilloc. Omitiremos mi susto a que no hubiera calle asfaltada, sino camino de lastre, y que íbamos subiendo y subiendo, sin más muro que el guindo. Ahí adopté oficialmente el puesto de Observadora Oficial del Paisaje.
Veía adolescentes que vivían donde se devuelve el viento (o donde nace) conectados a TikTok o al partido del mundial, que al conversarles solo reían. Las montañas desnudas se empezaron a vestir de una primera capa de verde, de burros, ovejas, cascadas... A los ojos solo puedo decir que se veía divino, pero luego de 30 minutos no veíamos nada de Huilloc, así que empezamos a preguntar.
Los chicos dijeron no saber dónde era, pero un caballero al frente dijo: "Mi casa". El alivio fue inmediato: ya sabíamos qué hacer. Bajamos luego del letrero de Huilloc y preguntamos... Buscamos a las mujeres textileras, y el hombre volvió a decir: "Mi casa".
Y sí, justo al frente de donde el busito se detuvo, cruzamos el lastre y un letrerito decía: “Sergio e Hipólita”. Cruzamos el umbral y allí estaba Hipólita, una mujer que llevaba la edad encima de su experiencia de oficio, y que de inmediato nos recibió con canchitas de colores que yo no había visto nunca y té de muña en hojitas.
Jenni y yo compartimos el gusto por conversar con la gente. Normalmente ambas terminamos hablando hasta con las piedras, pero ese día yo estaba distinta. Ella hacía preguntas, quería comprender cómo vivían, cómo estudiaban, cómo funcionaba el turismo vivencial. Yo, en cambio, me descubrí observando más de lo que hablaba; la mitad de mi cerebro estaba en la conversación, pero la otra mitad estaba extasiada viendo a Hipólita en su telar.
Me senté a su lado a verla cruzar el hilo, hasta que se durmieron mis piernas, mientras parecía que las de ella seguían intactas. Yo solo llevaba un ratito en esa posición, pero ella llevaba la vida entera. En un momento le dije a Jenni: "Baja el concepto, amiga, lo que dices sigue abstracto aquí", y ella me escuchó y siguió hablando, más aterrizadita.
Hilo 1, hilo 2, hilo 3... cruza, palito horizontal, ajuste... ¿Habían visto que el telar lo sostienen con una cuerda a la cintura? Esto es igual de complicado que tocar el piano, solo que esta melodía podría tardar meses en salir.
Le compré una pulserita tradicional a Hipólita. Lamento no llevar más dinero, pero sé que lo pagué directamente en ella; no solo la pulsera, sino el ver su experiencia, sus canchitas y su casa. La experiencia era mía. Y sí, mi otra parte del cerebro trabajó rápido para notar que, por esa hendijita y sin conocer mucho, hay huecos de emprendimiento por conocer (por cierto, ¡hay 96 camas que la gente de Huilloc ofrece para quedarse!).
Me despedí de Hipólita y ella, en un bello quechua, dijo su hasta luego: "Hasta que nuestros caminos se vuelvan a cruzar". Así de lindo nos dijo a esos 3,500 metros sobre el nivel del mar.
Los espíritus de la montaña (O cómo nos abandono el bus)
Sin embargo, esa noche no nos podíamos quedar. Había que llegar a Cusco y volar de regreso al día siguiente, así que la visita fue más que corta y la experiencia muy grande. Salimos a buscar el busito de regreso, el de las 4:00 p. m., y nos dijeron:
—Ya no hay.
—¿Cómo que no? ¿Y un auto?
—Nadie baja ya.
Yo me sentía algo incómoda pensando en que no había transporte, y Jenni se veía muy preocupada al inicio. "Vamos, Jenni, caminemos", le dije.
Una palabra muy valiente para decir sin importar el contexto: “caminemos”.
Y la montaña nos envió sus espíritus guía:
Espíritu 1: El niño guía
Un niño con poco español le dio indicaciones a Jenni de seguir adelante por otro camino. En serio, yo no me confío, pero créanme que estaba muy tentada a jugar a caminar por allí. "Diosas, Jenni, ¿le haces caso a quien te diga por dónde es?". Mi temor de ir por el caminito que nos decía un niñito lindo no era por él, sino por quedarnos solas luego. Pero en eso apareció un transporte que subía; nos devolvimos corriendo solo para saber que, evidentemente, no iba a bajar nada más. Eso convenció a Jenni de caminar por la vía humana.
Espíritu 2: El hombre de madera
Nos encontramos a un hombre acompañado de su perro. Decir que su rostro, ropa y carga eran tal cual lo pintan en un cuadro peruano está de más, pero cumplía con todo. Jenni lo siguió y yo los seguí. Él sabía que estábamos de exploradoras. Ella iba preocupada por mi rodilla y yo iba fluyendo; el retiro me había dejado con un sentir de “Kauma” (sí, dije kauma, solo para los nerds). Nos adentramos más en la montaña por otro camino, siguiendo a este hombre mayor con cara tallada como si fuera madera, hasta que nos dio la indicación de "por allá" y se alejó.
Espíritu 4: Jean Carlo y el ritmo de la juventud
(Me salté el 3, porque la montaña cuenta como quiere). Las montañas me son naturales. Claro, no las de Perú, pero sí las de San José, Aserrí, entre Poás y Alajuelita… La niña que brincaba en las piedras de río y subía por trillitos resurgió, así que puedo decir que me inundaba la felicidad. Me pregunto si todas las montañas del mundo hablan el mismo idioma a pesar de vestir diferente.
Nos alcanzó y sobrepasó un muchacho con su música en el celular. Jenni tomó la iniciativa y le conversó: Jean Carlo, que caminaba también hacia Ollantaytambo para estudiar. Un chico que quizás ronda los 18, vestia de sueter, mezclilla y tennis... si lo encontrabas en Lima no distinguirías que vive en lo alto de la montaña a simple vista.
Nos dejó seguirle, claro, a un ritmo único de juventud y entrenamiento. Pasos atrás iba Jenni, y varios pasos atrás iba yo. Y es que si yo iba a bajar la montaña caminando, tenía una sola regla: a mi ritmo, porque si no, la rodilla entraría en huelga. No me detendría por nada, pero a mi ritmo.
El contexto de Jean Carlo me hacía reflexionar mucho. Yo ya venía en trance con todo lo que me hablaban las montañas, y no fue necesario cruzar palabras con él, ya estaba Jenni para eso: bajar caminando esto cada vez que va a su colegio, su Bad Bunny en la música, hacer señas para que algún transporte nos llevara abajo pensando que por nuestra culpa nadie lo llevaría, y su bondad para que pudiéramos seguirlo a través de la montaña cuando acortaba camino.
Andando en uno de esos tramos, un cerdo que estaba amarrado decidió seguirme unos cuantos pasos y gruñir. Sí, me asusté, y justo allí mi vejiga dijo: "Mae, no podemos más". Les diré que no hice pausa; recuerden la regla de mantener el ritmo. Diré nada más que el calor descompresionado por la vejiga ayuda por momentos al frío que ya de por sí hacía. No pensé en vergüenza ni en "¿y ahora qué?", solo en "en algún momento llegaré y me ducharé". Recordaba el relato de mi suegro y su reír, recordando su niñez y dando explicaciones de por qué por la noche no iba al baño... Estaba calientito.
Al rato, dejamos de pesarle al ritmo de Jean Carlo... Ojalá haya podido encontrar transporte.
Espíritus 5 y 6: La sororidad de las papas
Cerca de las dos horas de caminata de descenso, y con la oscuridad que ya nos acompañaba, nos topamos con dos mujeres: mamá e hija. Aquí el ritmo se volvió más sororo. También caminaban con la promesa rota de que habría un transporte, similar a nosotras. Ellas llevaban una carga de papas; pequeña, pero dichas papas llevaban un peso que se turnaban.
El Espíritu definitivo: El camión
Nos alumbramos juntas con la luz del celular... y entonces, a las dos horas y casi treinta minutos de caminar, pasó un camión muy grande que quizás había descargado cemento o tierra, al que le hicimos señas. Como potentes escaladoras, Jenni y yo subimos a esa cajuela riendo, sintiéndonos más seguras de llegar a la civilización.
La calma es el inicio
¿Cómo llegamos de un retiro de mujeres lideresas a una escena digna de un documental andino? Reímos mucho. "Esto definitivamente no estaba en el itinerario", pensaba, recordando cuando Eduardo lo sugirió.
Quince minutos despues... “alcanzamos la civilización”.
Me queda que la montaña puso el espacio para practicar lo que aprendí en mi retiro: La calma es el inicio, no la promesa del final; la calma me permite ver.
A veces no logre disfrutar la vista porque necesitaba cuidar el siguiente paso, y eso no está mal, es lo que hay que hacer. Significó confiar en que la montaña seguía ahí, inmensa y hermosa, mientras yo cuidaba el paso que tenía delante. Y eso... también es una forma de contemplación. Un paso tras otro nos damos cuenta de que ya lo atravesamos, y ahora sí nos percatamos de que ya la podemos mirar mejor, aunque ese día haya costado 24,400 pasos de los que no estás acostumbrada.
La calma no hizo desaparecer la montaña. La calma cambió mi manera de caminarla.
NOTA: No quiero culminar acá sin solicitar que, si estás en Ollantaytambo, visites el lugar con los chicos más amables y las empanadas más ricas, y les digas que desde San José, Costa Rica, les envío un abrazo. ¡Gran gracias a los hermanos que trabajan alli por brindarnos gran hospitalidad luego de bajar la montaña! (Tienen poquitos likes asi que pasen, yo deje el enlace para que pasen a dejarles uno)

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