Dormí pensando que durante esta noche las montañas cuidaban de mis sueños. Y que mañana, cuando el avión despegue… no dejaría de sentir que dejo el Valle Sagrado, sino que ahora lo llevo adentro.
El despertador más alegre de Urubamba
Nuevo día. Hoy el cuerpo debe acomodarse para Cusco, el aeropuerto, las maletas, los anuncios de abordaje, el ruido, las filas y el ir... poco a poco, cómodamente, de vuelta a mi Costa Rica.
Pero hay algo que me tranquiliza: no siento que Perú se vaya a quedar solo en la mirada sino más allá... en un "desenredarse" con cariño.
Es la segunda vez que duermo acá (no en el hotel ) en la casa hermosa de una amiga y en la primera aprendí algo. En este lugar, Urubamba, ¡el camión de la basura se anuncia con música bailable! ¡AMO ESO! A las 5:00 a. m. en mi barrio de San José podría ser que alguien pase en un auto pasado de tragos, o una casa con fiesta sin pausa... pero aquí es el camión de la basura. Miren cómo una ciudad decidió avisar algo tan cotidiano. Claro, no creo que a todo el mundo le guste la idea de un bailongo a esa hora.
En mi barrio pasan luego de las 7:00 p. m., pero sin música. Sería divertido sentir que la fiesta se acerca como aquí, con un swing criollo, jajaja. Con el incansable son de “jugo de piña” y que la gente, en medio del "brinquinto", salga a la acera a dejar la basura.
Pensamientos sueltos que voy recogiendo el día de regreso
La mañana
Regreso a Cusco y me quedo sin señal de internet (el plan semanal se acabó ayer). Así que entiendo de inmediato lo que me dice Perú: “Primero mírame. Después conéctate”.
Las maravillosas vistas me regalan: los nevados, el Lago Huaipo (y pienso que, las lástima se llena de gente). Al llegar a Cusco, veo la espalda de un chico que me regala una hermosa sincronía con el mensaje de su camiseta: “Never lose your fire”.
Cusco es algo más que hacinamiento; es gente, más gente, sobre gente que está encima de otra gente…
Lo que respira la flaca acera
Al caminar hacia el Mercado de San Pedro, veo a un señor sentado en el suelo que corta pan pita con una tijera como si fueran tiritas. Qué extraño, ¿verdad? Me hubiera quedado a averiguar por qué.
Y luego: ¡Qué perritos más requete feos! Fue lo primero que pensé. Vale que no soy la primera, es la impresión que dan. Luego me enteré de que son Patrimonio Cultural de la Nación y que acompañaron a los incas hace más de 3,000 años. Increíble... y siempre feos. Pero además, acá en Cusco, pobrecitos sin pelo, deben pasar un frío terrible.
Cerca del mercado hay una casita que se derrumba pero no lo sabe. Dos tienditas intentan sostenerla. La verdad, su belleza es como la de una abuelita muy arrugadita: bien presentada, que sonríe, y que todos sabemos que tiene todas las eras encima.
Niños con panini en mano: Cusco tampoco escapa de la fiebre del mundial.
¿Por qué todos cargan algo? Sí, ya sé que estoy cerca del mercado, pero es tanta la gente que lleva un bulto gigante a las 10:00 a. m. que me da demasiada curiosidad.
Aceras: No saben el tamaño de sus peatones… o quizás sí, y por eso se hacen tan flaquitas.
El mercado: Igual que cualquier mercado del mundo, vende el que te atrapa. Me imagino que yo soy la mariposa y cada puestito lanza su red a ver si lo logra conmigo.
Detalle curioso: Las empanadas que comí en el mercado tienen la forma de las montañas de Cusco.
Jugando de turista
Caminé y vi la Piedra de los Doce Ángulos. ¡Qué trabajo el del pobre al que le tocó ajustar este Tetris! Jenny me trajo a verla, pero yo, sin tanto contexto histórico, puedo sacar muchos chistes alrededor de la maestría de la piedra.
Un chico pasa a la par mía y me dice: “Lady, open bar in the bus” después de ofrecer el tour a todos los transeúntes. Al parecer, yo provoqué una invitación más que personalizada... ¿No les parece?
Aeropuerto, fútbol y sincronías
Aeropuerto de Cusco: tengo sueño... ¿No es un aeropuerto muy chiquito para todísima esta gente?
Ocho soles por un chocolate ("¡un robo!", diría Jenny). Tenía que cambiar los diez soles que me quedaban en la bolsa, fruto de que un par de españoles que volvian a Madrid e insistieron en pagar a medias el Uber que compartimos.
Hay colombianos pegados al celular viendo el partido del mundial. En la sala de espera, una chica con la camiseta de Colombia le pide en inglés a la señora de enfrente poder ver el partido en su pantalla. Muchos lo miran... Pero justo en la banca de enfrente, unas chicas ven en su celular el mismo partido, solo que con la transmisión suiza.
Qué sincronía: una tica en Cusco, viendo a colombianas y suecas sufrir en la primera banca del "estadio aeroportuario". Y cada cinco minutos me recuerdo a mí misma: Karol, no olvides dónde pusiste a cargar la batería.
Entonces me atrapa el partido. Quiero un gol de quien sea solo para ver qué pasa. El problema es que hay spoiler: la señal de las suizas va adelantada, así que la afición de Colombia en la sala de espera se angustia o se relaja según las reacciones de las del frente. Hay intercambio de miradas y yo con mi sonrisa. La gente se acerca, conectan dispositivos; todos pegados a una pasión con corazón, mientras uno intenta taparse los ojos ante el negocio corrupto del fútbol para evitar las últimas noticias. Asustados, emocionados y atentos.
¡Diosas! Avisan en el altavoz que deben apagar el dispositivo del avión por recarga de combustible... Jajaja. Las miradas incómodas hacia el counter dicen lo mismo en todos los idiomas. Reviso que mi Spotify funcione... Listo, la playlist descargada está en orden.
Crónicas desde el vuelo a Bogotá
Tiempos extras. Obviamente el partido continuó dentro del avión; nadie iba a apagar nada. Mientras la sobrecargo da las indicaciones de seguridad, sus ojos se posan en los varios celulares de pasajeros que la ignoran por completo.
Vuelo. Despegue.
Diosas, sudo más de lo usual.
Miro esas montañas. Esa de allá parece que tiene lustre,(betun para algunos) parece que la nube se disfrazó de algodoncito y le hizo una linda bufanda, y a esa otra, un gorrito.
Cortesía de Avianca, podemos ver el partido en las pantallas. Me distraigo viendo la pantalla del asiento K16, que también lleva la camiseta colombiana, al igual que el 90% de los que vuelan hoy.
Llegamos a los penales. Esto está demasiado divertido dentro del avión: aplausos de Suiza, mentadas colombianas, aplausos de Colombia…
2 - 2.
Esto no se ve todos los días. (La sobrecargo dice algo por el altavoz que nadie escucha). La chica de la otra fila come papitas mientras mira las líneas de asientos. Los rostros de tensión de todos ellos son su película de hoy.
Y finalmente... 4 - 3. Las suizas bailan en el pasillo del avión mientras el resto guarda un silencio de resignación. La aeromoza aprovecha el silencio: “Tenemos descuentos en el menú”.
Hola otra vez, aeropuerto de Bogotá. Tengo algo de sed.
De repente, empieza el pito de que se queman los frijoles (¡uy, cómo me harta!). Un ¡piiiiiii!de alguna cosa del avión y la gente de inmediato se suelta el cinturón. Empieza la desesperación del "ya me quiero bajar", el correr a bajar las maletas... Un día de estos me gustaría que abrieran esa puerta de golpe a ver qué hacen; a lo mejor tiran las maletas primero y ellos se tiran detrás.
Cierro los ojos. Suena Norah Jones en mis audífonos: “Come away with me”... y me voy a casa.

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