I • En el ADN
Escucho música y me muevo, punto.
Crecí en una casa donde se admiraba el swing criollo, con un papá que desde temprano me enseñó los primeros pasos, y en una familia por parte de mami donde celebrar en familia significaba aprender los pasos junto a mi tía. Eso nunca se diluyó, a pesar de que Nirvana, Metallica o System of a Down estén en mis playlists y el merengue, la salsa o la cumbia nunca aparezcan (ni aparecerán). El baile, en mi caso, es parte del ADN y no necesito contarlo.
Entonces, ¿a qué viene escribir hoy? Pues a que en los últimos meses encontré lo que —agradecida estoy por hallar la palabra— alguien nombró como ligereza.
Gracias a mami, estoy yendo a clases de baile en el barrio. Nació por acompañarla, con el engaño de que ella quería hacer ejercicio y sentirse acompañada, además de porque según ella yo paso sentada mucho tiempo en esa silla, sumado a que no hago ejercicio y todas las razones que las mamás podemos juntar en un ramito… Así que ella me inscribió en la clase de los miércoles. Para resumir: amé la clase. Algunas veces somos más mujeres que varones, en otras más varones que mujeres, pero la dinámica es similar: cuando el profe dice “¡roten!”, las chicas nos movemos al siguiente espacio o caballero.
Debo decir que admiro mucho a mi profesor. Insiste una y otra vez en el proceso. Sé que hay muuuucho conocimiento allí, pero como persona que dice que baila, y que está en clases hace un par de meses y que además es escucha, quiero entender eso de "una y otra vez". Así que disfruto mi clase de principiantes.
En esa clase he aprendido más que figuras y baile; creo que de eso van estas palabras… He aprendido a no juzgar, a callar, a no corregir, a no hacerle preguntas a nadie, pero sobre todo, el espacio de… “las mujeres no piensan”, jajaja.
Como feminista, la primera vez que escuché eso del profesor fue una bomba. Pero tengo que agradecer que al fin entendí el contexto, y lo agradezco profundamente. Para las mujeres que lideramos, llevamos el control, decimos por dónde es y buscamos con visión hacia dónde caminar, esto es muy difícil. Pero cuando le encontré el sentido, fue liberador: no pensar, dejarse ir, entender el idioma corporal del otro y dejarse sentir cómoda por él que debería saber por dónde es…
II • El bus de las 7:00 a. m. y San Rafael de Heredia
Con tanto preámbulo, tengo que contarles mi sábado. Cada seis meses, y si la agenda lo permite, acompañamos a mami (mi tía, mi hija y yo) a la fiesta de pensionados a la que asiste. Es de todo el día, por lo que había que levantarse temprano.
Me peiné de trenzas… Peinarme es algo que no me gusta tanto, pero hoy estaré con ella. Sí, esa mujer que en mi infancia me peinaba de dos colitas y las sujetaba tan fuerte que podría haber sido fácil confundirme con alguien de familia asiática. Y es fácil para mí decir, además, que eso nunca quitó que fuera “dulcitica” para los piojos (sí, una queja a la justificación de que mi cabello fuera amarrado perfecto durante mi niñez). En fin, me peiné, me puse mi boina (la que tiene una carga de cariño especial) y, aunque dijeron ropa formal —no sé muy bien qué significa eso—, con mi ropa de diario creo que estaba más que bien.
Llegamos al punto de encuentro para los que viajamos en bus. Aquí empieza la experiencia, porque se disfrutan las chochadas que suelta en complicidad este grupo de adultos mayores. Recuerdo que la última vez un señor dijo a las 7:00 a. m.: “¿Aquí todos ya nos bañamos?, porque a veces es mejor cuerpo a tierra que tierra en cuerpo”. Me reí mucho de eso.
Llegamos al lugar, por allá arriba en San Rafael de Heredia. Una travesía de finca primero, con casitas, para llegar a un salón amplio, lindo, apenas para hacer fiesta.
Aquí debo decir que es hermoso ver los abrazos de estas personas; de esas que fueron familia por tantos años y que, a la vez, descansaron de verse. Esos que se quisieron (o quizás no tanto), que compartían jefes, críticas, el echar pa’lante y que soñaban juntos con el tiempo de “pensionarse”... y ahora, ¡miralos! Se abrazan con gusto: ¿cómo estás, fulanito?, ¿qué tal sus hijos?, ¿cómo sigue perencejito?… ¿Sabías que mengano está jodido?, vieras qué malito… Claro, hay muchas de estas noticias entre los mayores de 65. Pero lo exquisito de este espacio es que da gusto ver a la gente quererse por un rato más.
Con el desayuno típico de los costarricenses, del que no nos quejamos, el comité organizador dio la bienvenida. ¡Y no puede ser! Me río un montón porque le hacen un reconocimiento al señor de los “Buenos días”, ese que a las cuatro de la mañana saluda en el chat de WhatsApp… Y encima, desde el fondo, alguien en son de broma le grita: ”¡Dejá dormir!”.
Amo imaginar al señor. Todos los días. Sin faltar uno. “Buenos días”, con una florecita, un cafecito, un amanecer con brillos, con el fin de sentirse y hacer sentir compañía. A través de eso, yo veo cómo habla esta comunidad. Y más de uno pensando: ”¡Otra vez este señor!” 🤣 Y, sin embargo… cuando llega el reconocimiento, todos se sonríen. Porque en el fondo ya forma parte de la identidad del grupo. Esto me trae alivio de alguna forma: a los madrugadores nos dan premios.
III • El "marcado" y el viejo swing
Con el desayuno llegó la marimba y el güiro. Acá se juntó lo más experimentado de algunos y lo más caótico pero animado de otros. Es divertido. Mientras mi compañera de baile es la silla, admiro y envidio a cada una de esas que trajo a su “viejito” para bailar, aunque las cuatro señoras de la mesa de al lado, cómplices, sacan del bolso copas que limpian con servilletas y un Riunite que comparten con sonrisas…
Aparece en el ritmo eso que llaman ”marcado”. Las personas que bailan parecen estar en el éxtasis de escuchar el movimiento del otro antes de moverse. Es un baile de escuchar al extremo y juntos, donde se marca el pulso con el cuerpo. Muy pequeñito. Casi invisible. Como si se respirara con la música. Y puedo escribir con eso que el marcado no consiste en saber bailar; consiste en aprender a decir, sin palabras: “Te siento”.
Interrumpo el sabado para decirles que una vez fui a una milonga, sin saber nada, hace un tiempo.
Yo solo quería saber cómo es, qué era, vivir la experiencia. Y claro, me fui, solo me dejé ir, porque el dejar fluir y escuchar al otro era mi espacio como mentora, no en el baile. Tuve la suerte esa noche de bailar con un señor mayor que con disciplina me dijo: “Déjese, confíe en que yo la llevo”. Y bueno, digamos que practiqué esa noche el “déjese” pero no tan bien como cuando uno está practicando por primera vez escribir en “cursiva” sin saber imprenta muy bien.
Miro a la señora que baila marcado, ya con los años dibujados en su rostro y sonrisa, y me permito viajar a lo mucho que lo disfruta. Así, tan pegadito, paso a paso... Y entonces me roza la duda de cómo habrá sido la historia de cuando aprendió a bailar.
Una de las cosas por las que viene la gente a este evento es porque hay muuuuchas rifas, pero como había tanta gente, no hubo suerte para la mesa en la que estábamos, almenos en la mañana; más tarde mami y tía llevaban sus regality’s a casa. No lo sé, yo sentí que el 5 no sería el número que me favoreciera hoy. Luego vino el almuerzo, a la altura del catering, donde repetí el puré, y después el karaoke. Resumamos que el karaoke es un espacio complicado de disfrutar, así que salí a caminar a mi habitual: veamos qué florecitas encontramos…
Para la tarde, otro grupo musical apareció, el mismo de la vez anterior. Suena la musiquita y miro a la gente… y mami me pregunta: ¿qué buscas?. Respondí: un hombre, jajaja. Mami, en su sabiduría, me recuerda que eso no se espera, y salimos juntas a bailar. Entonces se acercaron dos: uno le ofreció bailar a ella y el otro me ofreció bailar a mí.
Y apareció “un viejito bailarín”. Ese que sabía swing criollo de la vieja guardia (sí, ese que yo también sé y que papi me enseñó muchas veces en la sala de la casa cuando era niña, ese de los pasos de mi tía). ¡Juepuchis, el señor tenía más aire que yo!, pero no cedí a pasar. Muy caballeroso el señor para bailar. Canción terminada, regreso a la mesa, y me dijo algo territorial para mi edad, pero creo que caballeroso para la suya: “Ahorita la busco en su mesa”. Mami dijo: “Ese baila un montón”.
Así que ya tenía un compañero de baile y apliqué lo aprendido en clase (no los pasos ni el contar, con lo que seguro el profe estaría contento), sino el entender el idioma de baile del señor, el cual era muy cortés y amable, y eso le hace a una sentirse muy cómoda.
Un par de señoras en diferentes momentos se acercaron para decirme: “Qué lindo baila, muchacha”, y la otra: “Me encanta verla bailar”... no supe qué decir más qué solo sonreir, pero eso le sube a una la autoestima. Luego, ya con los pies “con fuego”, me acerqué a un señor que pintaba ser el más grande de toda la sala, que estaba con su compañera la silla; bailamos en un ritmo suavecito, dos pasos atrás. Y un tercer señor me dijo: “Qué lindo baila usted, vamos”, y lo acompañé. Luego volvió el señor bailarín. Ahora quiero decir que no creo que yo baile bonito, en serio. No es que sepa bailar bien, pero es que puedo decir que “no pensé”. Me dejé llevar, fluir y, sobre todo, disfrutar la música y a los compañeros siendo solo yo. Y eso, definitivamente, pesa más que cualquier paso técnico en una sala donde la gente va a disfrutar la vida.
Al despedirse, el señor más mayor de todos se acercó despacito. Ya no había música. Solo me extendió la mano, sonrió con una sonrisa enorme y se fue con esos pasitos cortitos que tienen algunas personas cuando los años ya pesan más que las ganas. Mientras lo veía alejarse, pensé: “¿Y si esta fue la última vez que lo veo?”. Pero enseguida me corregí: “Alto ahí, mujer. También podría ser la última vez que él me vea a mí”. El destino tiene la misma sorpresa para todos: el no saber cuándo. Y entonces agradecí. No por si era la última vez, sino porque había sido una buena despedida.
IV • El expediente secreto
Estas son notas que creo que vienen en el expediente secreto del baile: es posible que la mayoría cree que ser buen bailarín es ser quien guía y marca el ritmo, pero para mí, un buen compañero es él que invita.
El que te muestra que cambian su peso. Abren un espacio. Y entonces, si una está abierta de cuerpo y lo escucha, aparece la magia. Es una conversación sin palabras. Entonces, nadie necesita convencer al otro de nada: uno propone, el otro escucha.
Donde el primero dice: “Voy…”
Y el otro responde: “Ya te sentí”.
Quizá la ligereza sea exactamente eso.


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